Nuestros territorios quemados, libro de Rafael Rodríguez

por Lucrecia Fílide

Entre un crecimiento industrial rapaz y una degradación cultural infausta (e.g. el parque aeroespacial y la Facultad –es un decir– de Bellas Artes); entre gobernantes que compensan sus implacables disparates y su mustia soledad con pinturitas tiernas y anodinas (Paulina Aguado, Francisco Garrido); entre empresarios que –¡eureka!– descubrieron las posibilidades mercadológicas del arte –es un decir– urbano (Edgar Sánchez con pinturas Osel, Jaime Amieva con, ay, Arranarte); entre exposiciones de arte anacrónicas que son más bien memes de la artesanía pueblerina (el Salón de la Plasta Queretana de la nigromántica Margarita Magdaleno); entre artistas –es un decir– adulterados por caciques sin educación sentimental (Santiago Carbonell, Rubén Maya); entre inagotables talleres –¡y exposiciones colectivas de talleristas!– de acuarela y repujado (Gustavo Villegas, Jordi Boldó); entre pintores con técnica correcta y discurso tarado (Luis Sánchez, Luis Selem); entre talentos perdidos (Gerardo Arana) y perdidos talentos (Juan Pablo Cueva); entre editoriales dislocadas que pactan sus encantadoras e interesantísimas colecciones con el H. Coordinador de Asesores del Gobernador Estatal (Calygramma) para que él mismo, el docto y avezado asesor letrado, se publique a sí mismo (Juan Antonio «la luminaria» Isla Desierta); entre poetas olvidados (Francisco Cervantes), dramaturgos exiliados (LEGOM) y críticas que exaltan una piedad necia, fanfarrona y quizá hasta pusilánime (ésta, la mía), la editorial hipster Sicomoro editó Nuestros territorios quemados, un libro que documenta 15 años de pintura de Rafael Rodríguez (Querétaro, 1977).

Nuestros territorios quemados

Este libro, Nuestros territorios quemados, es el documento artístico más importante que se ha publicado en Querétaro desde, digamos, las Glorias de Sigüenza y Góngora. Lo que digo no es tanto una desproporción como una desgracia. El libro que registra el trabajo artístico de Rafael Rodríguez es relevante por el entorno casi baldío en el que se publica. En el país de los ciegos…

Pero Rafael Rodríguez no es ningún tuerto. No. Para empezar, su trabajo se fundamenta en la mirada: Rafael Rodríguez es un retratista. Y más. Aunque el arte no sea un certamen, creo que puedo decir esto: Rafael Rodríguez es el mejor artista que ha dado este terruño en los últimos años y, por ende, insisto, el libro Nuestros territorios quemados es el documento artístico más importante que se ha publicado en Querétaro.

Desgraciadamente no existe en esta ciudad otro artista con el talento y la trayectoria de Rafael Rodríguez. Hay artistas con trayectoria, pero sin talento: Fernando Garrido, por ejemplo. O, caso contrario, Gonzalo García: un pintor con una potencia plástica impresionante, pero al que le falta mayor exploración o indagación formal. Experiencia. Como a Lucy Magaña, Esmeralda Torres, Alejandro Uribe, Lechedevirgen Trimegisto, Kikys 1313, Nando Murio, Alejandro von Waberer: artistas que necesitan más tiempo para trabajar. Ojalá el Maestro von Waberer lo encuentre. Es mi gallo.

¿Julio Castillo? Sí, sin duda, pero está muerto. El desconsolador caso del artista que es desdeñado en vida y celebrado en ruina.

¿Fabián Ugalde? El Museo de la Ciudad editó hace un par de años un catálogo de nuestro Jeff Koons. Aunque eso de «nuestro» es un decir, pues Fabián Ugalde sólo nació aquí; todo su trabajo lo ha hecho fuera de Querétaro.

¿Santiago Carbonell? LOL. No. Aunque un libro sobre las finanzas de su museo sería revelador. Editoras de Sicomoro: he aquí una idea para otro libro.

Lo que quiero decir, y mi torpeza nomás no me lo permite, es más o menos lo que dice Gabriel Hörner en el prólogo del libro en cuestión: «La mayor parte de la vida y carrera de Rafael Rodríguez ha transcurrido en unas cuantas manzanas del centro de la ciudad de Querétaro». Rodríguez, dice Hörner, es nuestro Hermenegildo Bustos. Pero a diferencia del pintor guanajuatense, la obra de Rodríguez, como argumenta Luis Carlos Emerich en el ensayo que se incluye en el libro, «es plenamente consciente de su lugar en el panorama global del arte de su tiempo». Los retratos de Rafael Rodríguez han sido expuestos en galerías y museos de México, Estados Unidos, Canadá, Alemania, Austria, España, Inglaterra y Suecia. Y para hacerle más a la mamada (¿de qué otra forma, si no, pintó Rodríguez el cuadro que le da título al libro?), remataré con esto: su obra «Modelos para un autorretrato, Lola» fue exhibida en la National Portrait Gallery de Londres. Rafael Rodríguez es nuestro Hermenegildo Bustos y nuestro Francis Bacon.

Y considerando su incesante insistencia por pertenecer al único club honorable que existe en el mundo (la cantina), Rafael Rodríguez es también nuestra Marguerite Duras y nuestro John Cheever.

Nuestros territorios quemados

Rafael Rodríguez es un gran artista, sin duda. Y lo es porque –y aquí plagio a Gombrowicz– ha encontrado por medios propios razones superiores de existencia y muerte. Cada tanto se vuelve contra sí mismo y saca algo de esa descomposición. Sus obras son, pues, el testimonio de la derrota y el ridículo; el cementerio de la insuficiencia. Pintando durante el día y emborrachándose por las noches, Rafael Rodríguez ha concentrado la grandeza con la enfermedad, el genio con la decadencia, la superioridad con la humillación, el honor con la vergüenza; aborda ese enloquecido acoplamiento de contradicciones con una franqueza que despierta –no sé todavía muy bien cómo– confianza. Y más: trata esa contradicción vergonzosa no como algo que merece repulsión y condena, sino precisamente como algo apasionante, embriagador y hasta tan digno de amor que de pronto se torna abominable y grotesco, pero también maravilloso y atractivo. Algo así como un amante.

Pero vuelvo, para terminar, al punto inicial. La desgracia de decir que el libro Nuestros territorios quemados es el documento artístico más importante que se ha publicado en esta ciudad reside en saber que no hemos creado en Querétaro las condiciones necesarias para acompañar, estimular, o de menos no desanimar, la exploración artística local. Las instituciones y los mecanismos culturales queretanos se han quedado cortos. Preocupados por mantener cobardemente el puesto o por apoyar proyectos fotogénicos pero insustanciales, o de plano irrisorios como el Tutankamón del Museo de los Conspiradores, la mayoría de los dirigentes de la cultura queretana han creado un ambiente estéril, desolador.

En lugar de una falsa ciudad de las artes, por ejemplo, hace un par de sexenios se tuvo que haber clonado a Gabriel Hörner para que coordinara un museo comunitario en Santa Rosa Jáuregui, El Pueblito, San Juan del Río, Cadereyta… Pero no, los dirigentes culturales insisten en crear cultura a base de ladrillos, cemento, letras de unicel y corte de listones. Pobres tontos, ingenuos charlatanes.

Nuestros territorios quemados

En fin: Nuestros territorios quemados, pintura de Rafael Rodríguez, textos de Luis Carlos Emerich y Gabriel Hörner, fotografía de Arturo Osorno, traducción de textos de Michael Parker, edición de Luisa Reyes Retana y María Álvarez. Un gran libro.