Todos mueren, pero no todos son asesinados –45 cuerpos en el Museo de la Ciudad

por Natalia Olivera

«Con el cuerpo difunto, no es que te acerques nada más a él, es que te aproximas a toda una comunidad. El cadáver está rodeado de lo que fue, una colonia, un pueblo. El cuerpo muerto siempre viene con algo. Si es anónimo y encontrado en la calle, se acompaña de esa tierra, esa sangre pegada, esas miradas observándolo, de esos murmullos y de ese temor. El cuerpo conocido viene cargado de la desesperanza, de la venganza, del coraje, de la ruptura familiar». Esto le respondió Teresa Margolles a un periodista español. «Te acercas a la historia de un cuerpo abierto, de unos fluidos, de unos vapores, de todo lo que puede poetizarse desde dentro, que contrasta con la realidad cruda que queda fuera: gente desesperada por saber la verdad o clamando para que ese no sea su familiar. Son gente que no tiene para comer y ahora tienen que pagar un ataúd. Sólo una pared te separa de las dos realidades. Y el quid está en poder contar lo que estés viendo, cómo hacerlo, cómo transmitir ese horror a la gente de afuera. Esa pared separadora es la que simbólicamente para mí es el arte».

Con la instalación 45 cuerpos (2006 – 2016), Teresa Margolles regresa al lugar donde expuso por primera vez de manera individual: el Museo de la Ciudad de Querétaro. Sus inquietudes éticas y estéticas son las mismas: la condena de la mirada, la expresión del horror, el cuerpo humano como ciénega, el cadáver como mucosa, el tremendo marisma de la carne, el fango que emerge de un cuerpo asesinado. Teresa Margolles nos enfrenta otra vez a un tramo de vidas destruidas por la guerra contra el narco y la impunidad en México.

Al entrar a la sala del museo donde está la instalación de Margolles –una sala que podría tener las medidas de un ataúd gigante– vemos una luz certera que ilumina un hilo. No es uno solo, sino varios, anudados juntos: 243 centímetros de hilo, 45 tramos enlazados o encadenados. «Restos sobrantes de hilos con los que, después de la autopsia, se cerraron los cuerpos de personas que sufrieron una muerte violenta en diversos lugares del país entre 2006 y 2016. Cada tramo representa un cuerpo», lees antes de entrar a la sala. Los hilos están ahí, pero ¿y los cuerpos?, ¿y las familias?, ¿y lo que queda de ellas, de los cuerpos y las familias? La instalación de Margolles funciona como el poema «Cadáveres» de Néstor Perlongher: los espacios vacíos, las caras sin nombre, las sociedades agujereadas, las ausencias brutales. 45 cuerpos: 45 hilos entramados y entrampados. ¿Y todos aquellos que ni a hilos llegaron? ¿Cuántos son? ¿Dónde están? Hay cadáveres…

Margolles ha llevado el arte contemporáneo a lo que realmente es, una reflexión de nuestro ser y nuestro entorno. Sus obras son más que paradojas sobre la muerte violenta; vacíos y ruinas donde antes hubo personas, oscuridad e indiferencia donde antes encontrábamos luz. Nos muestra conclusiones desconcertantes de que la muerte existe y sucede, y de las maneras más crueles y enfermas. Como dijo Margolles sobre las palabras de Rebecca Scott, codirectora del Instituto de Criminología de Sydney: «todo mundo muere, pero no todo mundo es asesinado; quiero que se den cuenta de eso…». Tristemente hemos desarrollado una especie de tolerancia al terror y la tortura, o simplemente nos hemos hecho buenos ignorando estas atrocidades y Margolles quiere que reaccionemos a ello. «Somos responsables porque miramos. Mi mirada me llevó a la denuncia», dijo Margolles en una entrevista.

45 cuerpos (2006 – 2016) en el Museo de la Ciudad es una exposición posterior a 127 cuerpos (2006) en el Düsseldorf Kunstverein; una alegoría al dolor colectivo y angustia de nuestra sociedad, una gran luz roja sobre el hecho de que nuestro último recurso es mantener vivos a los que se van sin avisar porque somos incapaces de detener aquello que los mata. Margolles contrasta el material de la instalación con el espectador; la diferencia entre el cuerpo vivo y el cuerpo muerto se hace evidente, uno se hace preguntas sobre cuestiones éticas y al mismo tiempo la mente se nubla con imágenes que tristemente todos llevamos en las entrañas y se siente uno intranquilo porque a nadie se le puede pedir serenidad cuando la intimidad humana es transgredida. En estas dos instalaciones –la original en Düsseldorf y la adaptación en Querétaro–, Margolles coloca el hilo de una forma que hace imposible acceder al otro lado de la sala, representando así como constantemente se vive la vida y la muerte de forma separada y no como dependientes, donde existe una línea divisoria entre vivos y muertos, fuera y dentro. Inhalar y expirar.

Teresa Margolles muestra la realidad de nuestra sociedad que decidimos ignorar, la cual, por cobardía o por costumbre, se encuentra disminuida o disimulada. Convierte los espacios en fantasmas arquitectónicos, llenos de ruinas de cadáveres que confirman nuestra propia vitalidad. Teresa Margolles materializa la herida dolorosa y angustiante que todos llevamos dentro y trabaja para que el sentido del yo abrace a la humanidad y al sufrimiento del otro, pues estas formas de morir nunca terminan, porque con ellos también morimos nosotros y nuestra capacidad de ser humanos.


45 Cuerpos (2006 – 2016)
Instalación de Teresa Margolles en el Museo de la Ciudad.
Del 14 de febrero al 15 de mayo de 2016.